viernes, 28 de enero de 2011

La xenofobia

Me asombra y asquea cuando leo en esos foros  donde españoles y latino americanos se intercambian insultos en base a pretendidas diferencias raciales.  El RAE define la xenofobia (de xeno- y fobia) como:

— f. Odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros.

Siempre he pensado que a esta definición le faltaba algo. Los señores académicos deberían haber añadido la palabra “pobre” y les hubiera quedado mucho más redonda y precisa, ya que —aunque se apartaran de la etimología— se acercarían mucho más a las motivaciones reales. Entonces xenofobia quedaría como:

— f. Odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros pobres

 Algo que, curiosamente,  se suele producir mucho más frecuentemente entre aquellos que pierden  su propia identidad y también —como se dice vulgarmente—el culo,  por seguir las modas y costumbres de los “barbaros” ricos.

jueves, 27 de enero de 2011

Amapolas

Amapolas
Ama…polas
Ama…po…las.

Jamás las encontrarás
en las floristerías,
ni en el ramo de la novia,
ni en la corona del muerto…

Sólo en la cuneta,
Entre los trigos,
En el campo abierto.

Amapolas.
Quiero ser
Como
Las

Ama...polas
Las
Ama… po… las

lunes, 24 de enero de 2011

Los cardos

Con el calor, el chocolate se ablanda ligeramente y mancha mis dedos. Me gusta cuando doy un bocado al pan y queda la huella de mis dientes con alguna mancha marrón de chocolate y saliva. Voy a buscar a mi amigo Enrique y corro por los desmontes hasta que llego al grupo de chabolas donde vive. Las gallinas escarban y picotean en una cloaca a cielo abierto que forma un pequeño río maloliente, verde y gris, con reflejos irisados de jabón, que se aleja lentamente hasta caer por un pequeño barranco.

—Vamos donde los cardos —le digo—. He traído la espada— y le muestro mi fino florete de acero que me regalaron por Reyes, y que llevo sujeto al cinturón.

—No me dejan salir. Mi madre me ha dicho que primero tengo que ir a por el agua —contesta Enrique.

—Bueno, pues vamos—. Parto un trozo de la onza de chocolate y se lo ofrezco.

Enrique coge el bastidor de madera y uno de los cubos de metal —infinitamente limpios—y yo el otro. En la fuente, dos niñas gitanas están cargando agua.  Aunque son poco mayores que nosotros, ya les apuntan los senos en sus camisas floreadas como si fuesen dos capullos más. Tienen rostros como soles y greñas por la cara. Nos miran y se ríen.

Llenamos los cubos y Enrique los planta juntos, como a un metro de distancia el uno del otro; apoya el bastidor de madera en los bordes, pegado a las asas y se mete dentro de un salto; después, los eleva y comienza a andar, deprisa, deprisa; como si temiera que los brazos le fueran a crecer y hacerle pegar con los cubos en el suelo. Siempre me ha fascinado el invento este del bastidor (un cuadrilátero hecho con listones de madera) que mantiene los cubos alejados de las piernas y facilita el transporte. No se me ocurre cómo ayudarlo, así que voy trotando a su lado, como un bobo.

Llegamos al conjunto de edificaciones donde está su casa. Cruzamos por una especie de pasillo ancho, a cielo abierto, que hace las veces de patio de vecindad: A la derecha, las puertas y ventanas de las viviendas; a la izquierda, un pequeño talud con arriates de geranios, lirios e incluso algunas lechugas plantadas; y al fondo, tras la puerta entornada, se adivina la  letrina comunal. Nada más entrar en 
la vivienda, que carece de pasillo o recibidor, se accede directamente a un espacio que hace las veces de cuarto de estar, con un sofá convertible en cama, un aparador, la mesa y un par de sillas; en un rincón, algún taburete escamoteado  lleno de cosas. A la derecha se abre el dormitorio con una cama grande que parece ocuparlo todo y un armario oscuro y a la izquierda, la cocina con su fogón de leña y carbón que calienta la casa en invierno (y en verano); a la cocina le han robado un trozo y en él han puesto un lavabo con su espejo, y una pequeña repisa con peines y jabón.

Pido agua. Me encanta el sabor del agua en los cubos de zinc, y la fina transparencia que tiene.

—Anda niño. Haber bebido en la fuente —me dice la madre de Enrique—. Ahí tienes el botijo.

 
Me dan miedo los botijos; no se beber en ellos y el agua me sabe a tierra, a cueva. Con esfuerzo, lo alzo y me riego la pechera con un buen chorro de agua. Se ríen de mí.

—¡Mira el señorito! —exclama la madre de Enrique mientras me restriega con un trapo de cocina para secarme. Al final hunde el cazo de acero inoxidable en esa superficie cristalina y me ofrece en él el agua que pido con algo que parece una sonrisa.  

Yo bebo como un pato: estirando mucho el cuello y poniendo los brazos hacia atrás porque no sé que hacer con ellos. La madre de Enrique es muy guapa, pero siempre parece cansada.

—En cuanto que empiece a ponerse el sol,  aquí —le dice—. Y te pasas por la taberna; y si está tu padre, le dices que ya está la cena.

—Sí, mama. —Y salimos escopetaos. Enrique con su espada hecha con una vara de fresno.

—¡Te pasas por la taberna! —insiste, desde la puerta.

—Valeee.

Los cardos son grandes, gigantescos; crecen en las escombreras y antiguos basureros. Tienen unas preciosas cabezas moradas, y parecen árabes, o piratas. Estamos rodeados. Nosotros los vamos segando con implacables mandobles. Dos héroes abriéndose paso en medio de la tarde.

viernes, 21 de enero de 2011

Diario de un mentiroso. INDICE



Diario de un mentiroso

Cosas, anécdotas, situaciones increíbles en las que me veo envuelto que parecen mentira y que la mayoría de las veces lo son.
 
Por Miguel Guinea





INDICE DE PUBLICACIONES;



CARNE PICADA



 

EL DIAGNOSTICO



LAS PELUSAS

 

BARTOLO


 

CLAUDIA

 

LA CARBONERILLA


 

LAS MUJERES Y EL BAÑO


 

LAS MUJERES Y LA FRUTA






LAS MUJERES Y LAS MATEMÁTICAS



 

EL PELO


 

MOSQUEO














Diario de un mentiroso: Carne picada

—¡Por favor, no me comas! —Como lo oyen, eso dijo.

Había tenido un mal día. Toda la mañana de local en local para ver si necesitaban un empleado, un limpiacristales, alguna chapuza, un vigilante, un ingeniero, un empapelador, un vendedor de biblias, un matón… y por la tarde en el parque, sentado en el banco rascándome la barba, bebiendo de ese cartón de vino malo que me quemaba las tripas e intentando olvidarme del frío y del olor rancio de mi camisa. Veía las chicas pasar, llenas de juventud y belleza, que me miraban con desconfianza o indiferencia. Pieles tersas, pelo brillante, ojos vivaces, sonrisas alegres… Algo inasequible para mí; más lejano que el planeta Marte; seres de otro planeta... ¿O era yo? ¿Era yo, el que estaba ya en otra galaxia?... Me atizé otro lingotazo. Es increíble. Apenas hace un par de años yo estaba en todo eso; participaba de esa vida. Ahora la veía como a través de un grueso cristal blindado.

Y así pasó: Aquella mujer mayor emperifollada que paseaba al perro... un perro gordo y fofo con pinta de gilipuertas que seguro que comía tres veces al día mejor que yo. Me acerqué por detrás con la vista clavada en el bolsazo que aferraba firmemente bajo el brazo enjoyado. Caminamos un rato por un sendero cada vez más solitario; yo la seguía a veinte pasos de distancia. De repente se detuvo y me pareció que miraba nerviosa hacía atrás por encima del hombro. Abrió el bolso y rebuscó dentro. Sacó una bolsa de golosinas perrunas:
—Aquí, Pinky, aquí —gritó, ofreciéndole algo. El chucho acudió con parsimonia balanceando las grasas.

La mujer lo ató, y continuaron caminando hacia la salida del parque. Un coche de la policía local bajaba despacio por la avenida. Cuando llegué adonde ella se había parado encontré por el suelo un motón de cosas que se le habían caído del bolso al sacar las chuches: Un paquete de clínex, un billete de veinte euros y un pastillero metálico con las tapas de cerámica. Todavía olían a su penetrante perfume de vieja loca: una auténtica maldición para los desdichados que coinciden con ellas en el ascensor, el restaurante o el asiento del autobús.

El pastillero contenía unas píldoras redondas azules y otras rositas mucho más pequeñas. Me metí un par de las azules y seis de las pequeñas. No sabía para que eran pero da igual: yo tengo de todo. Además los ricos toman medicinas buenas, de las caras…Y mira la vieja cacatúa lo bien que andaba, que si me descuido ni la alcanzo.

Desdoblé el billete de veinte euros mirándolo al trasluz como si no me lo creyera, pensando que en cualquier momento podría desaparecer.

—¡Vaya esto sí que es suerte! —pensé (¿o no lo era, y la vieja había dejado caer el billete adrede?) ¡Qué más da! Decidí darme un homenaje y entré en ese McDonald’s.

¡Y ahora esto! ¡La puta hamburguesa rogándome que no me la comiera, con ojos llorosos!
Puede que fuera la cebolla o puede que llorara de verdad, pero no fui capaz de darle ese mordisco cuyo ademán había iniciado a pesar de tener la boca hecha agua y todo eso que dicen. Irritado, me bebí la cerveza y lo que quedaba del cartón de vino con el resto de las pastillas y las patatas fritas. La miré otra vez. Alzó la vista hacia mí en silencio, modosita y esperanzada. Tenía los ojos y la boca como las chicas del parque. Aunque tenía hambre, había otra cosa que me apetecía aún más; algo que había estado inasequible para mí estos dos últimos años…La envolví en un puñado de servilletas de papel y salí canturreando hacía la pensión. Con un poco de suerte podríamos entrar burlando a la patrona; le debía ya tres meses…

¿Qué no son buenas las medicinas de los ricos?... Me encontraba de puta madre


Diario de un mentiroso: El Diagnóstico


Por fin me decidí y fui al médico. Llevo tanto tiempo encontrándome pachucho. Un malestar difuso. Un “no sé qué” hecho de tardes oscuras y labios vencidos. Como era un médico de estos modernos no hizo ni caso a mis quejas sobre lo cansado que me sentía y las noches de insomnio. Dedicó la mayor parte del tiempo a mirarme a los ojos. No decía nada. Me dejaba hablar y hablar... y me miraba a los ojos.

—Usted padece de banalitis —me espetó de repente.

Pensé que había entendido mal y le repuse:

—¿Usted cree? La verdad es que no noto nada raro en el pene…

— No. No —me cortó—. No he dicho balanitis sino banalitis. Usted tiene una infección de banalidad más grande que un caballo. ¡Ponga algo interesante en su vida, hombre!

Y me sopló ciento cincuenta euros.

La verdad es que me encuentro bastante mejor.

Diario de un mentiroso: Las pelusas

"Pelusas" from the outer space. M. Guinea


Todos sabemos, o creemos saber, qué son las pelusas, ¿no? Mientras tuve perros no me planteé el problema: Las pelusas eran —naturalmente— de los perros. Quiero decir, que se producían por el pelo que soltaban los perros  y esas cosas, y a mí me parecía tan natural que anduvieran por ahí de un lado para el otro hasta que eran barridas o aspiradas.

Luego, ya sin perros, seguía habiendo pelusas... pero, bueno, siempre he vivido con alguien; todas mis  compañeras (sucesivas) han tenido un magnifico cabello, brillante y terso, que cepillaban cada mañana —me encantaba cómo olía su pelo, limpio y aireado— con lo cual, ni me lo planteaba, las pelusas eran de mis mujeres.

Ahora que vivo solo, llevaba un tiempo en el que me sorprendía que siguiera habiendo pelusas, así que decidí vigilar disimuladamente y ver si podía averiguar de dónde diablos salían esas condenadas y sutiles madejas. El caso es que al observarlas con atención vino la gran sorpresa y no tuve más remedio que reconocer que parecían dotadas de inteligencia. Por ejemplo, si me veían con la aspiradora demostraban bastante maña para irse rodando de un lugar a otro buscando rincones inaccesibles o rendijas en donde esconderse. A las pocas horas, cuando yo lo creía todo limpio, pronto las veía revolotear por ahí de nuevo. A su bola.

Pero la prueba palpable no me llegó hasta el otro domingo: Tenía abierta la puerta de la terraza del dormitorio para que se ventilase y yo andaba por la cocina trasteando. Algo pareció alertarme. No sé. Un instinto especial, intuición, un aviso. Llámenlo equis. El caso es que volví cautamente de puntillas sin hacer el más mínimo ruido y, cuando me asomé a la puerta de la habitación, allí las vi: dos magníficas bolas de pelusas colándose subrepticiamente, mirando hacia adentro del cuarto. No sé si me sintieron, supongo que sí, pero el caso es que, de repente, volaron con toda rapidez a esconderse debajo de la cama, su sitio preferido. Salí corriendo a la terraza y, por un segundo, me pareció todavía ver perderse tras la esquina el destello de la minúscula nave interplanetaria de la que habían desembarcado.


Ya no cabe duda. Estamos siendo estudiados, analizados, observados por estos extraños seres que no sabemos qué fines oscuros pueden albergar ¡La Humanidad nunca antes había estado en un peligro tan grave! ¡Somos vulnerables, muy vulnerables! ¡Lo saben todo! ¡Todo! Hasta nuestros más íntimos secretos de alcoba

Diario de un mentiroso: Bartolo

Lo que hoy había posado en la baranda de la terraza al despertarme no era una urraca gorda y redonda como la del otro día, no. Hoy lo que estaba era un loro joven, atlético y con pinta de espabilado.
—Hola —le digo —¿Cómo te llamas?
—Rrrr, Bartolo, Bartolo, rrrr,rrrr
—Y ¿qué haces aquí? ¿Te has perdido?
—Noo-ó, noo-ó. Bartolo, Bartolo, rrr —repitió Bartolo moviéndose inquieto de una pata a la otra al ver que me aproximaba.

Me paré para no asustarlo más. Mirando despacio me di cuenta de que Bartolo me sonaba mucho. Al principio no caía, pero luego recordé la noticia —y la foto que la acompañaba— que había visto por internet hace unos días sobre algo acaecido en la República Dominicana:

“Apresan a un loro por ser testigo de un crimen:
Un loro y las supuestas revelaciones que ha hecho sobre un asesinato, se ha convertido en la comidilla de los habitantes de esta urbe, hasta tal punto se ha llegado, que la pícara ave, se encuentra apresada en las dependencias de los cuerpos investigativos de la Dirección Cibao Central de la Policía Nacional (DCCPN) con sede en esta ciudad."

—¡Tú eres Bartolo? —afirmé-pregunté —. El loro de doña Carmen Altagracia Castillo García, la pobre mujer que apareció asesinada en su casa en estado de descomposición.
—Fiuuuuuuu, fi, fi. —silbó Bartolo y, agitando las alas, afirmó muy convencido —: Bartolo, Bartolo, rrrgg,rrrgg.

Sí, sí. Sin duda que era Bartolo. Me preguntaba cómo era posible que se hubiera escapado de la policía y cómo se las había ingeniado para venir volando hasta aquí desde tan lejos. Recordé vagamente historias de gatos y perros que habían cruzado continentes buscando a sus anteriores propietarios. Y si un gato podía hacerlo...¿cuánto mejor no lo haría un loro, que pueden hasta volar? Y de todos los loros del mundo, mucho más capaz que cualquier otro veía yo precisamente a este de mi terraza que parecía tan listo.

Fui a buscar la bolsa de pipas que tengo en la cocina decidido a atraparlo. Estaba seguro de que la policía o los familiares de doña Carmen pagarían una buena recompensa por él. O si no, quizás, podía ofrecerme a salir con él en algún programa de esos imbéciles de entrevistas de los mil que tiene la tele; o llevarle como tertuliano por la mañana a alguna emisora de radio… Veía a Bartolo como un buen medio de sacarme unos eurillos extras ahora que la vida está tan mal. ¡Qué les voy a contar a ustedes!

Cuando volví a la terraza, Bartolo ya se había ido. ¡Mecachís! ¡Otra oportunidad perdida!
Aunque, bien pensado… yo no había leído en ningún lado que el loro de la asesinada se llamara Bartolo. Lo había dado por supuesto. A lo mejor este loro no era el loro de la noticia. ¡Cómo iba a haber venido solo desde tan lejos!

Me metí en la ducha… Cuando solté el grifo y empezó a caerme el chorro de agua fría, según me despejaba, se me ocurrió otra posibilidad que hasta entonces había pasado por alto…

« ¡Leñe! ¿No será Bartolo el nombre del asesino?»

Diario de un mentiroso: CLAUDIA SHIFFER


La otra noche vino a verme Claudia Schiffer. Aunque llevaba la cara tapada con un antifaz, la reconocí inmediatamente por las otras veces que me ha visitado. Miré desesperado al despertador: «No me vayas a sonar ahora, ¿eh?» le amenacé, rogué, mascullando a la estúpida máquina que reposaba sobre la mesilla como un sapo engreído, consciente del poder que tiene para regir mis destinos. No sería la primera vez que se ha puesto a sonar, desabridamente, en lo mejor de un sueño, estropeándolo todo.

—Guten tag, liebe —me dijo, con susurrante voz,
—Hola Claudia, me alegro de verte.
—Ah, du weißt, wer ich bin?
—Mira —le dije—, será mejor que pongas el traductor automático porque no tengo ni idea de alemán —y añadí— ¡Ni siquiera en sueños!
—Digo, que me has reconocido, cariño.
—Pues sí, la verdad, llevo muchos años soñando contigo y, al fin y al cabo, este antifaz no es precisamente un burka —respondí, mirándola admirativamente y echándome a un lado para hacerle un hueco.

Levantó la sábana y se acomodó junto a mí. Estaba fresca y tersa como una lechuga. Se quitó las braguitas y las medias pero se empecinó en conservar el antifaz. Me incliné sobre ella para besarla y me clave una punta en el ojo.
—Joer, ¿no te puedes quitar eso? —dije, molesto. Y añadí, para no parecer tan borde— Por favor.
—No querido. Es una fantasía.
—¿Una fantasía?¿Qué clase de fantasía saca-ojos es esta? —le pregunté.
—Una fantasía sexual.
—A mí nunca me ha apetecido ese rollo —repuse.
—Pero a mí sí.
—No puede ser. Tú eres mi fantasía, y mi fantasía — recalqué con intención los posesivos—, no puede tener otras fantasías que no sean mis fantasías—. Me iba despertando cada vez más, lo cual me cabreaba por momentos.
—Fucking latin. Siemprrre poniendo prrroblemas. Así no vamos a llegar a ninguna parrrte—. Claudia empezó a arrastrar fuertemente la erres como le pasa siempre que se enfada conmigo, y añadió: —Llevamos un montón de veces intentándolo y siemprrre surrrrge cualquierrrrr cosa. Kegel!!!!Verflucht!!!

Estábamos en eso, cuando sentí algo así como un fuerte ¡plof! y ella se desvaneció con rapidez. Me desperté del todo, dando un bote en la cama. Desde la baranda de la terraza, una urraca me miraba graznando con un tono muy desagradable. Dominado todavía por el sueño y sin saber muy bien dónde estaba, me dirigí a ella, preguntando:
—¿Claudia?

No debía de ser, porque dio dos breves saltos y, luego, alzando el vuelo, se perdió de mi vista.



Diario de un mentiroso: La Carbonerilla

Este Carbonero hembra ha estado estos días golpeando con insistencia el cristal de la ventana —tanto por la mañana como por la tarde— queriendo entrar a buscarme y llamándome a su estilo. Yo, si tengo un rato, voy a verla y ella se posa por ahí. Luego nos miramos con curiosidad y nos decimos cosas

—Anda ya, pesada. Vete al huerto ahora— le digo, —que acabamos de roturar y está lleno de lombrices.

Se da un vuelo o dos...pero al poco vuelve a golpear insistentemente el cristal y a posarse en los barrotes. Yo me acerco de nuevo
—Chi, chi-o, Chi, chi-o —pía excitada.
—Que sí. Que sí. Déjame leer. No puedo estar de palique todo el rato en la ventana —respondo, y haciendo como que me enfado me vuelvo para adentro.
El juego se repite una y otra vez a lo largo del día.
Esta mañana, me he ido tempranito y por la parte de atrás. A la francesa...
En la carretera…
… no podía dejar de imaginármela golpeando inútilmente en la ventana sin que saliera nadie.
He estado a punto de volverme.
¡ Joder, con el pajarito!

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Diario de un mentiroso: Las mujeres y el baño


Ayer se me acabó el pan congelado así que tiré de un paquete de cereales que, no sé muy bien cómo, ha llegado al armario de la cocina.

Supongo que ustedes también padecen, al igual que yo, de lectomanía, palabra  que me acabo de inventar,  y que no es la pulsión morbosa de robar las cucharas en los restaurantes y las toallas en los hoteles, no;  sino la manía de leer cualquier cosa que se nos ponga por delante: bien sean las etiquetas de la ropa, los prospectos de las medicinas, los logos de las bolsas de plástico y cosas así…

Estaba, entonces, digo, leyendo inadvertidamente la caja de cartón de los cereales cuando llegué a la conclusión de que la mayor parte de las mujeres quieren ser sobresalientes en todo, en todo... menos para ir “al baño” (eufemismo muy extendido de la acción de cagar), que para eso lo que precisamente desean es ser regulares.

¿Qué pasa con los intestinos de las mujeres? Todas las parejas que he tenido (que ya van para unas cuantas, no sé si por suerte o por desgracia) eran estreñidas. A veces, por ejemplo en los viajes, eso se convierte en una auténtica tortura porque, si ya tienen dificultades en casa en condiciones normales, imagínense lo que les representa el enfrentarse a “un baño” que no es el propio. El asunto se les convierte en una misión imposible que les va poniendo de muy mala leche según pasan los días y las toxinas se van acumulando en su organismo.

Les podría contar y no acabar nunca. Yo he asistido —en paciente y comprensiva espera— a ritos esotéricos casi mágicos, a preparativos como los de un boxeador antes del combate decisivo para el título, a lecturas de obras completas de escritores del siglo XIX, a auténticos e interminables partos de la burra… Todo ello para que el resultado final acabara siendo menos productivo que el trabajo de mi jefe. (¡Glup! ¡Espero que no me esté leyendo! Es una broma Don Ramón).
Bueno, les tengo que dejar que nos vamos de fin de semana y parece que Viviana ya ha acabado.

—¿Qué tal, cariño? ¿Nada?


Diario de un mentiroso: El pelo

Los espejos son como esos amantes crueles que primero llenan de halagos y con el tiempo se vuelven sinceros y despiadados. Los de mi casa ahora se han confabulado para vapulear mi ego y cada día se encarga uno u otro de irme cantando las verdades. Esta mañana se han estado metiendo con mi pelo que más que ralear en lo alto de mi noble testa parece que hubiera iniciado una franca desbandada.

Siempre he pensado que si el pelo fuera algo importante crecería dentro del cráneo y no por encima de la cabeza expuesto a todos los accidentes e inclemencias. Ahora que, por decirlo en prosa quevediana, “se arremangó mi frente” ya estoy dudando si no es que la cabellera ha seguido mi consejo. ¿Que por qué digo esto? Muy sencillo, porque otro espejo, esta vez el del baño, se encarga de mostrarme las abundantes crines que brotan con lozanía por los agujeros de mi nariz y sobre todo por las orejas. No cabe duda que en vez de ese serrín que antes se decía que teníamos los atolondrados en la cabeza, tengo un buen puñado de crin o de estopa.

Armado con las tijeritas de las uñas he procedido a sanear la zona; aunque, luego, me he arrepentido. Se me ha ocurrido que si los dejo crecer y los peino convenientemente pueden llegar a dar el pego y volver a cubrir esa calva vergonzante del cráneo que un mal día abandonaron.

Alguno de esos peinados creativos he visto por la calle e incluso un periodista de éxito lo luce sin reparos en los medios nacionales e internacionales: se trata de poner la raya del pelo encima de la oreja, donde llevaban el lápiz los tenderos antiguos, y luego, a base de forzar con fijador la inclinación natural de su caída, llevar el cabello al otro lado. Los más virtuosos hasta hacen maravillas helicoidales (con forma de ensaimada, vamos).


Mi otra esperanza es que cambie la moda y volvamos pronto a los sombreros de caballero. Dense prisa, por favor.

Diario de un mentiroso: MOSQUEO



No sé qué extraño balbuceo de verano la ha hecho despertar, que señal de temprana primavera ha tocado su huevo dormido y ha eclosionado. El caso es que hay una mosca, solitaria, despistada, que me persigue aburrida por la casa a falta de mejor compañía. Yo le digo:

- ¿Ves? No sabes que hacer ¿Qué haces levantada tan temprano? – y le cuento que en el mes de julio hace mucho calor y miles de congéneres suyas ocupan el espacio, trazando líneas, o rizos, o espirales, y suenan así: “Zzzzzzezzz”.

No quiero que se crea que es hija mía, o que tenemos algo que ver. Que me debe fidelidad, amor, obediencia o yo qué sé. Me parece que se fija mucho - ¡demasiado! - No quiero que se aprenda mis costumbres, que repita mis manías. Cuando he salido esta mañana me ha seguido hasta la puerta. Como quien no quiere la cosa, he abierto nada más que una rendija y he salido cerrando rápidamente.


Cuando he vuelto al atardecer, la he buscado por toda la casa. No aparece. Estoy preocupado.

Abierto. El video

miércoles, 19 de enero de 2011

Abierto

Aquí estoy:
Abierto.
Abierto como una boca asombrada.
Abierto como unos ojos insomnes.
Abierto como un libro abierto.
Abierto como una cabeza rota.
Abierto como un cine de verano.
Abierto como un cerdo en canal.
Abierto como un operado a vida o muerte.
Abierto como una amapola a punto de despetalarse.
Abierto como un diptongo, unos labios, una sonrisa.
Abierto, siempre abierto.
Abierto como los brazos de mi mejor amigo,
O abierto como las piernas de una ramera.






Puede oírlo recitado aquí--->

Apenas el sol se eleva sobre el horizonte.



Phyllocnistis ephimera
Emergen una tarde
Vuelan
Se enamoran
Se aparean
Amanece
La hembra deposita los huevos
En el agua
Exhaustos mueren
Apenas el sol se eleva sobre el horizonte.

domingo, 16 de enero de 2011

Brusca paloma



Tan largo como sea el camino
Igual de lejos que voy a partir
Por ver si pierdo los lazos
Que me atan a ti.

Tan profundo como sea el vino
En él me voy a sumergir
Para perder los recuerdos
Que me atan a ti.

Tan triste como sea el olvido
Igual de falso me voy a reir  
Cuando piense en las cosas
Que me atan a ti.

Cuantos amores  me ofrezca la vida
A todos les diré que sí
Para deshacer los nudos
Que me atan a ti.


¡Qué no me atan cadenas,
Ni una maroma,
Que me ata tu cuerpo
De brusca paloma!

¡Y ya estoy preso
Y siento como barrotes
Todos tus besos!


jueves, 13 de enero de 2011

Universo efímero

Mil diminutos planetas
Con sus océanos esféricos,
Una galaxia liquida,
Una geometría delicada.
En un instante
—en otro mundo—
Sopló una brisa
Salió el sol
Se hizo nada.

miércoles, 12 de enero de 2011

El chuleta de la bicicleta


¡Llevo tantos meses aislado de todo y de todos! La verdad es que nada me interesa. Sólo encuentro la felicidad auténtica cuando me pierdo con mi bicicleta por esos solitarios montes. Una felicidad plena, completa, redonda. Sin deseos, ni expectativas.
Ese día todo parecía brillar de un modo extraño. Las radios y televisiones daban sus mensajes contradictorios y alarmados llamando a la calma. Luego callaron.  La gente desesperada abandonaba las poblaciones colapsando las carreteras de salida o se encerraban en sótanos y bunkers. Yo, ignorante de todo, pedaleaba.